Me gustó mucho pasear por el conjunto durante la Noche de las Velitas. Una rara ocasión para ver a muchos vecinos contentos al mismo tiempo, a los niños fuera de la casa sin que se considere un exabrupto y un martes para trasnochar aún para varios trabajadores. Se curiosean los adornos y se echa un poco de carreta. Creo que este año será en términos personales una navidad cálida aun cuando no haya grandiosidad en su celebración. Lo mismo creo sobre el fin de año. Todo eso, no obstante, me recuerda que ciertos sesgos con los que se califica de “Grinch[1]” a alguien son cuestionables.
Me referiré concretamente al caso del artículo de Cromos titulado “Odio La Navidad[2]”. La idea general de éste artículo es que detrás de todos los posibles argumentos de los detractores de la festividad religiosa decembrina se encuentra alguna suerte de dolor oculto –que en vano se trata de reprimir- o una incapacidad percibida para relacionarse con otras personas –reflejada en la carencia de personas a quienes llamar-. En muchos casos consideró que tal suerte de desazones puede motivar toda clase de reacciones y razones negativas contra la celebración de la Navidad. Pero no necesariamente será en la totalidad de los casos, es más, creo es de manera sucesiva en menos casos, porque el consumismo de nuestra sociedad y sus consecuencias para el planeta y todos los que lo habitamos se evidencian cada instante más ([3],[4] [5]): Noten ustedes cuantas cosas que no se necesitan realmente andan comercializadas, más en Navidad porque se pueden comprar para regalárselas a alguien (y para colmo, por simples leyes de oferta – demanda, estarán carísimas). Noten además, que por simple lógica, donde hay compradores en masa, hay fenómenos sociales peligrosos para la seguridad personal y la economía local (por lo menos en estas latitudes), tales como el aumento de hurtos en sus diferentes modalidades (atracos a mano armada, “fleteos”, robo de billeteras en los buses o en los tumultos, etc.), la proliferación de productos de contrabando (incluidos el licor adulterado, los aparatos electrónicos robados y artefactos de mala calidad en general). Cualquiera con un poco de instinto de conservación y conciencia del peligro tiene derecho a preocuparse por todas estas secuelas del consumismo en vez de afirmar “Quienes piensan que esta es una disculpa para que los almacenes vendan todo su stock y consideran la Navidad como un exprimidero de plata, ¿será más bien que tienen dificultades para entregar algo más que presentes y regalos materiales?”[6]
Pero el consumismo es sólo uno de los argumentos que se presenta como pretexto para encubrir dolores o incapacidades. Otro de los supuestos pretextos, mucho más sencillo en apariencia, es el del tráfico pesado. Este motivo podría deberse a una serie de cuestiones prácticas, algunas relacionadas con las festividades, otras no. La frustración que producen los trancones típicos decembrinos no necesariamente se puede achacar a la Navidad. Dos ejemplos simples al respecto:
1) Si a alguien los trancones le molestan todo el año, la llegada diciembre le molestará más porque sabe que los trancones serán mucho más frecuentes (y tal vez mucho más duraderos).
2) Si a alguien le encantan las festividades navideñas en familia, un trancón decembrino puede convertirse en una fuente de frustración precisamente porque le impide estar en la celebración (y no porque sea un efecto de la “odiosa navidad”).
También se destaca el carácter importado de dicha celebración como pretexto para ocultar alguna desazón. Este punto me resulta muy especial porque implica tomar una posición frente a un par de conceptos nada despreciables: globalización e identidad cultural. Al respecto, sólo hago estas preguntas: ¿Hace 512 años se celebraba en Colombia? ¿Por qué? ¿Cómo nos llegó la figura de Papa Noel a las celebraciones? ¿Hubo otras festividades en las que se daban regalos a los niños? Aparte de eso, recomiendo mirar las afirmaciones tales como “Yo soy de los Reyes Magos”, "No es contra Santa. Él será bueno para los británicos y los estadounidenses, pero no es bueno para nosotros" (queda de tarea para quien lea esta entrada buscarlas en la red). En líneas generales, creo que preocuparse por la identidad cultural de una nación nunca será patológico mientras no derive en consecuencias nefastas para la persona o la sociedad. Para cerrar este punto, vale la pena aclarar que en la celebración colombiana de la Navidad no todo es importado: muchas colaciones y platos típicos locales aparecen en escena en la tradicional (y autóctona) lectura de la Novena de Aguinaldos[7].
Ahora me referiré al pretexto que considera las festividades como una cuestión netamente infantil que pierde en gran parte su sentido porque el árbol y los regalos no son recibidos con tanta expectativa. No sé si esto se deba a que la persona quiera recibir tantos regalos como cuando era niño (creo que muchos todavía lo quieren), a que los hijos ya no se quedan después de rezar-regalar-cenar (y los entiendo, los hijos se van a tomar y a lo mejor a agarrarse con alguien o a estrellarse… o simplemente quieren a sus hijos para esa noche y los hijos quieren a los amigos, a la pareja o felicitar a medio mundo por medios electrónicos) o que hay algún aburrido (digamos, como era yo en la adolescencia) que se va a dormir en cuanto tiene oportunidad. El caso es que no veo que la cosa esté en la Navidad sino en posibles preocupaciones de padre (hermano mayor, tío, abuelo, etc.), posibles intentos por darle todo el carácter festivo que se pueda a la Nochebuena (como para aprovechar la trasnochada y dormir el 25, que para muchos tiene esa función) o alguna nostalgia con los días vividos en la niñez (y eso no solamente da el 24 a medianoche, me parece a mí).
Quedan dos pretextos más en el artículo, pero los condensaré en un solo aspecto: El de la celebración como rito cargado de hipocresía y el de la celebración como una bomba de tiempo para crisis familiares. De todos, este me parece especialmente delicado, entre otras porque me da la impresión de que Jorge Llano (autor de “Odio La Navidad”) hace afirmaciones bastante indelicadas sobre éste. La Navidad, al igual que otras festividades de vieja data, sirve como oportunidad de encuentro entre familias o entre comunidades –barriales, eclesiásticas-, así que es común encontrar mensajes alusivos a ésta como un momento de paz, de regocijo, de alegría, de reflexión y de unión familiar. Pero ninguno de éstos se logra con estos mensajes o por efecto de estas fechas (muy a pesar de todos). Como todo en la vida, esto se logra con acción y atención a las circunstancias. No sé qué pretende el señor Llano al decir “Quienes aseguran que las cenas familiares son un baile de máscaras, ¿Será más bien que temen aceptar que su familia está en crisis y que esto es lo que impide un encuentro sincero?”, pues muchas de las familias ya saben en qué crisis está y las que no lo saben eventualmente lo descubrirán (en diciembre o en abril, vaya uno a saber). Y la crisis no necesariamente va ser algo como “mi primo X o mi tío Y o mi hermana Z y yo nos caemos mal”. La crisis puede ser “mi primo X hace algún tiempo abusó de mí” o “mi tío Y tiene serios problemas con el alcohol desde que lo recuerdo” o “mi hermana Z solo se aparece por acá cuando anda mal de plata”. Aparte de eso, es claro que a varios les parece de mal gusto (o les molesta realmente) ver que alguien que ha pasado por insoportable todo el año (digamos un jefe déspota o una vecina que mira por encima a los cohabitantes del edificio) se aparezca con un regalo deseando que las cosas sean mejores para el año entrante o incluso un poco embriagado pasada la medianoche invitándolo a uno a celebrar y que al año siguiente sea igual de odioso (o incluso más si se le llega a confrontar). Entonces, por más alegre que sea la Navidad, no se puede esperar que ésta arregle problemas interpersonales ni que genere gran alegría a pesar de éstos (en especial si son delicados), como mucho menos ignorarlos para poder celebrar la Navidad en paz y dejar las relaciones tensas los días restantes del año. Ni sentirse mal (o hacer preguntas capciosas) respecto a la inherente necesidad de arreglar ciertos problemas interpersonales antes de poder celebrar una Navidad en paz.
En fin… para cerrar, debo aclarar que la gran mayoría de mis 25 navidades han sido buenas, bien sea porque cuando niño me regalaban algo que me fascinaba (como un libro de Parques Naturales de Colombia que aún conservo, o un Estegosaurio que fue mi juguete favorito por mucho tiempo), porque al día siguiente había un asado súper-delicioso, o la recocha post-cena era inigualable, porque la llamada que le hice a alguien que me gustaba o los mensajes que me llegaron de amigas y amigos que tengo en gran estima me recordaron cuan especiales son ellos para mí. Pero no cargo con la necesidad de que todos se sientan felices a mi alrededor para poder celebrar la Navidad (que entre otras celebro sólo por acercarme a mi gente, pues cada día ando un poco más irreligioso y escéptico) ni reprocho a quienes no quieren celebrarla (hay muchos motivos para no celebrar la Navidad, independientemente de que los conozcamos y compartamos o no). Y tampoco veo porqué tendría que hacerlo.
[2]Odio La Navidad (http://www.cromos.com.co/estilo-de-vida/cuidado-personal/articulo-139794-odio-la-navidad)
[3] La Historia de las Cosas (http://www.youtube.com/watch?v=ykfp1WvVqAY)
[4]Manipulación de los niños y consumismo (http://www.youtube.com/watch?v=znpCr62f0FI&feature=related)
[5] Consumismo, el arte de la Navidad (http://www.youtube.com/watch?v=B2mqg5zCMyg)
[6] Respecto al millón y punta de los damnificados por el invierno en Colombia, creo que estas dificultades son comprensibles porque no solo perdieron sus bienes, sino la casa en la que festejarían e incluso a varios de los invitados. Respecto a los desempleados, nótese la gran presión que se puede sentir al no tener nada que obsequiar algo a alguien que lo ha invitado a la casa y le ha dado un presente. Es ridículo pensar que todos tienen que entregar algo cuando a veces ni una buena emoción se puede brindar.
[7] Aunque inventada originalmente por un fraile quiteño en Ecuador, la Madre María Ignacia (bogotana) le agregó los gozos y la dejó tal como la conocemos la mayoría de nosotros.
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